La comedia


Considerada en sus comienzos como un género menor, la comedia llegó a ser cultivada por las principales figuras de la literatura universal.
En la época clásica la comedia se concebía como un espejo que mostraba de forma humorística los vicios y defectos de la sociedad con el propósito de corregirlos. Posteriormente se elaboraron numerosas definiciones del género, la mayor parte de las cuales señalaban su oposición a la tragedia. Entre las diversas opiniones emitidas al respecto cabe citar la del filósofo francés del siglo XX Henri Bergson, para quien la diferencia fundamental entre ambos géneros radica en que la tragedia se ocupa del individuo y la comedia de la clase social a la que éste representa.
El origen de la comedia, al igual que el de la tragedia, se remonta a los cantos entonados en la Grecia clásica como culto a Dioniso. Dos etapas se distinguen en la historia de la comedia helénica: la primera giraba en torno a la figura de Aristófanes, y era fundamentalmente satírica y burlesca; la segunda, que comenzó a imponerse a mediados del siglo IV a. C, se centraba en la crítica costumbrista y en el reflejo de las flaquezas del género humano. Esta "comedia nueva", cuyo principal cultivador fue Menandro, constituyó el precedente de la comedia occidental.

En Roma, tanto Plauto como Terencio siguieron el modelo de Menandro.
Desaparecida como género estricto durante la edad media, la comedia reapareció con el Renacimiento italiano, aunque no dio grandes autores. El modelo clásico continuó siendo imitado y dio origen, fusionándose con las farsas populares, a la célebre comedia del arte italiano.
La última parte del siglo XVI y la práctica totalidad de la centuria siguiente constituyeron la época dorada de la comedia en los principales países europeos. En Francia entró a formar parte de los géneros clásicos y alcanzó su plenitud con Moliere. Inglaterra contó con Shakespeare, en quien se pudo apreciar ya cierta subversión del género, que se hacía explícita en el español Lope de Vega. Éste, en su Arte nuevo de hacer comedias (1609), manifestaba que era posible unir en una sola pieza lo cómico y lo grave. Surgieron así muchos tipos de comedia -entre ellos la tragicomedia- y ésta sirvió a menudo para denominar cualquier obra dramática que no fuera una tragedia.
Durante el siglo XVIII, la comedia, con excepciones como el francés Pierre-Augustine de Beaumarchais, fue poco brillante, y el teatro neoclásico recuperó los motivos de la comedia tradicional. En la segunda mitad del XIX, el británico Oscar Wilde creó comedias de enorme ingenio, pero la aparición de un nuevo teatro realista y duro encarnado por autores como el noruego Henrik Ibsen hizo que la clásica división entre géneros comenzara a resultar caduca.

Durante el siglo XX continuaron escribiéndose comedias tradicionales, pero en muchos casos se emplearon para expresar inquietudes psicológicas, sociales y filosóficas; tal sería el caso, por ejemplo, del británico George Bernard Shaw y del italiano Luigi Pirandello. La dificultad de adscribir las obras a un género concreto se hacía patente con el teatro del absurdo, cuyo recurso a un humor mordaz servía de vehículo a una visión pesimista del mundo. Bajo unas u otras manifestaciones, en cualquier caso, aquel antiguo género surgido en Grecia ha sido fuente de inspiración para todo el teatro occidental.